En el 2003, me había graduado de Bellas Artes y trabajaba como jardinera en Maison Maugis (Rémalard, Francia). En ese entonces, Beatrice Saalburg me invitó a uno de los escenarios que ofrece en el Atelier de Peinture Botanique. Este hecho determinó mi vida de una manera sorprendente.
Al año siguiente, volví a vivir en Colombia. Quería regresar por su biodiversidad, quería conocer todos los pisos térmicos y dibujar sus plantas. Parecía un sueño del siglo XIX, pero ha sido una vida de artista perfectamente contemporánea. Me sorprende haber tenido contratos para hacer expediciones e ilustrar plantas. Los más importantes han sido para La Casa Museo Caldas (Cra. 8 # 6-87) en Bogotá; para la colección de libros SAVIA, que busca unir los conocimientos botánicos con la cultura popular; y para publicaciones del Banco de la República.
Cuando ilustro una planta, siempre me propongo captar su movimiento, es por eso que viajo para verla, entender sus ciclos, ver sus hojas girar para encontrar la luz, entender cómo se marchita una flor y cómo aparece el fruto. Me gusta sentir la flexibilidad del tronco y probar su savia, es como si el sabor me dijera con exactitud el color que debo usar para ilustrarla. Cuento todo esto, porque mucha gente piensa que ilustrar una planta es un problema meramente visual, que se puede solucionar copiando una foto. No es así, las cámaras no llegan a percibir como los ojos, ellas aplanan todo en un solo foco y el color depende en muchos casos de los ajustes de la cámara. El recurso fotográfico lo uso como un apoyo, como algo que me recuerda detalles, detalles que puedo olvidar, pero la ilustración botánica que aprendí junto a Beatrice Saalburg nace delante de la planta, con muchos dibujos que se van perfeccionando y con pruebas de color que captan la sutileza del paso de una nube. Luego, con todo este material, produzco una ilustración botánica que es idealización conseguida en la suma de todos esos dibujos. Trabajar de esta manera me ha permitido hacer viajes a muchos ecosistemas de Colombia, y conocer en profundidad muchas plantas. Reconocer en sus paisajes su historia y su política, su gente y sus costumbres, y esto es lo más importante que me ha dado la ilustración botánica, porque es la base de todo mi trabajo de artista plástica.